El café, ese líquido elemento que nos ha vuelto adictos. De
sabor amargo al que es necesario acostumbrarse. Nada funciona por las mañanas
sin que haga acto de presencia. Como la
chispa que hace arrancar el motor y aleja la pereza de mentes y cuerpos aún
aletargados.
Dispensado en lugares que han ido evolucionando desde el bar
de la esquina a la sala de “vending”, pasando por la máquina de café colectiva. De esas que
patrocina un famoso actor cuarentón.






