Tu jefe puede serlo por muchas razones. Porque se ha ganado el puesto con los años, porque se ha sabido granjear mejor la confianza de quien promocionaba, porque es el que más sabía o porque es el hijo del dueño. Y le criticarás por muchas otras razones. Porque es un borde, porque no te sube el sueldo, porque solo mira por su propio puesto, porque no tiene ni idea (o eso crees) o porque llegó a donde nunca debía haber llegado.

Formará parte de muchas conversaciones de café tanto para bien como para mal y, en ocasiones, estarás tentado de creer que lo harías mucho mejor. Llegado el momento, pensarás que esta o aquella decisión que haya tomado es una torpeza que perjudica a todos y quizá, en un arranque de osadía, decidas tomar las riendas. Actuar al margen y hacer lo que consideras correcto porque así lo dicta tu espíritu. Y te lanzas pensando en que los resultados te darán la razón.